Por Amado Villarreal
En 2024, los centros de datos en Estados Unidos consumieron 183 teravatios-hora de electricidad. La cifra, por sí sola monumental, representa más del cuatro por ciento de todo el consumo eléctrico estadounidense y equivale a lo que un país entero como Pakistán demanda en un año. Pero el dato más inquietante no es ese, sino el que proyecta la Agencia Internacional de Energía (AIE): para 2030, el consumo eléctrico de estos centros aumentará un 133 por ciento. La inteligencia artificial (IA), el motor tecnológico de la década, está reconfigurando silenciosamente el sistema eléctrico mundial.
El fenómeno no ocurre en el vacío. El MIT advierte que la demanda global de electricidad crecerá un 40 por ciento hacia 2035, impulsada no solo por la IA, sino también por el ascenso económico de países en desarrollo, la urbanización acelerada y la expansión del aire acondicionado como estándar de bienestar en climas más cálidos. Por primera vez, regiones que habían mostrado estabilidad, como Estados Unidos y Europa, enfrentan una nueva ola de demanda eléctrica concentrada en centros urbanos y polos tecnológicos.
En este nuevo mapa, los centros de datos y la IA no son un actor marginal: están redefiniendo por completo las curvas de carga, los planes de expansión de red y las estrategias de inversión energética. En Estados Unidos, se estima que serán responsables de la mitad del incremento en la demanda eléctrica hasta 2030. Allí donde se concentran, el impacto es inmediato: en un radio de 50 millas alrededor de los grandes clústeres tecnológicos, los precios de electricidad han aumentado hasta 267 por ciento en apenas cinco años. Ya no se trata de un fenómeno técnico, sino social. Hogares de Baltimore o Virginia relatan incrementos del 50 por ciento en sus facturas, mientras gigantes eléctricos como Dominion Energy solicitan aumentos adicionales para financiar infraestructura.
El problema no es solo el consumo, sino la velocidad. Los gigantes tecnológicos anuncian semanalmente proyectos que requieren más de 100 MW adicionales en apenas dos años, mientras que integrar nueva capacidad de generación a la red puede tomar entre cinco y siete. La falta de sincronía entre la demanda “en tiempo real” de la IA y la expansión lenta del sistema eléctrico está produciendo un cuello de botella sin precedentes. Goldman Sachs advierte que ocho de los trece mercados regionales de energía de Estados Unidos ya operan en niveles críticos de reserva.
Ante este escenario, los centros de datos están buscando refugio “detrás del medidor”, apostando por soluciones propias de generación. El aumento de capital hacia tecnologías como los reactores nucleares de pequeño módulo (SMR) no es casualidad: Amazon respalda ya un proyecto de 12 reactores en Washington, mientras desarrolladores como Nano Nuclear Energy exploran la instalación de más de un gigavatio nuclear en Texas. El mensaje es claro: la nueva economía digital no puede esperar a que la red pública alcance el ritmo que exige la IA.
La crisis energética no distingue fronteras. Europa, que durante años celebró su transición energética, enfrenta saturaciones similares. En España, más del 84 por ciento de los nudos de conexión están al límite. La red eléctrica, diseñada para un sistema del siglo XX con pocas grandes centrales, hoy debe integrar miles de parques solares, eólicos y cientos de miles de instalaciones de autoconsumo. El resultado es un embudo donde proyectos industriales, promociones inmobiliarias y centros logísticos quedan paralizados a pesar de estar ya construidos: sin acceso a la red, no pueden funcionar. La industria alemana por su parte pide un “break”, solicita subsidios a la electricidad para poder competir en sus propios mercados y a nivel global.
Mientras tanto, la AIE confirma que el mundo ya está plenamente dentro de lo que denomina la “Era de la Electricidad”. La electricidad crecerá mucho más rápido que el resto de las formas de energía en la próxima década, liderada por las renovables. La solar y la eólica ya superaron al carbón como principal fuente de generación global por primera vez en la historia. Y la energía nuclear vuelve a ocupar un papel protagónico, se espera que su capacidad aumente en al menos un 33 por ciento para 2035.
Sin embargo, el gran dilema sigue siendo el mismo: la velocidad. Aunque la transición avanza, las emisiones globales alcanzarán un récord este año. El sistema energético mundial todavía opera bajo lógicas de expansión pensadas para tiempos más lentos, no para la aceleración vertiginosa que exige la inteligencia artificial.
En este contexto, incluso las grandes tecnológicas están mutando su modelo de negocio. Meta, por ejemplo, decidió incursionar directamente en la comercialización de electricidad para asegurar energía limpia, barata y constante para sus propios centros de datos. Su integración vertical podría anticipar una nueva tendencia: empresas tecnológicas convertidas en actores energéticos.
Detrás de todos estos movimientos, emerge una advertencia: sin electricidad, la economía no funciona. No habrá más capacidad de cómputo, ni nuevos modelos de IA, ni expansión industrial, ni crecimiento en las ciudades si la red eléctrica no puede sostener el ritmo. El cuello de botella energético se ha convertido en la principal limitación al desarrollo económico de la década.
La próxima gran competencia global no será por chips, ni por datos, ni por talento. Será por electricidad. Y quienes logren crear sistemas energéticos resilientes, diversificados y capaces de responder al vértigo de la nueva demanda determinarán no sólo su competitividad, sino su lugar en el futuro económico global.
Mientras tanto en México…
La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que la política energética mexicana no viola el T-MEC, y que quienes afirman lo contrario lo hacen desde argumentos “ideológicos o políticos”. En paralelo, la secretaria de Energía, Luz Elena González, ha reiterado que México no está en contra de la inversión privada. Ambas posturas, en principio alentadoras, contrastan con una realidad cada vez más crítica: la caída en los niveles de confianza empresarial durante el último año y un clima de negocios que ha mostrado señales de deterioro, afectando el ritmo de inversión.
A esto se suma una duda que crece dentro y fuera del país: ¿puede México ser un socio verdaderamente confiable dentro de un bloque tan integrado como Norteamérica bajo un modelo energético crecientemente estatizado? La pregunta no es menor. Un sector energético con menor apertura y competitividad podría limitar no solo la capacidad del país para atraer inversiones estratégicas, sino también la competitividad regional en la carrera por la nueva economía digital y la Inteligencia Artificial.


