¿Fracking o Frackingstein? La evolución global del shale gas y la decisión estratégica que México aún no resuelve

Por Amado Villarreal

En Perspectiva

Durante más de una década, el debate sobre el fracking ha estado atrapado entre dos extremos narrativos. Para algunos, representa una revolución energética capaz de transformar economías, reducir emisiones y fortalecer la seguridad nacional. Para otros, simboliza los riesgos ambientales, regulatorios e institucionales de una expansión energética mal planeada.

Sin embargo, reducir la conversación a una discusión binaria entre “fracking sí” o “fracking no” constituye probablemente uno de los mayores errores analíticos del debate energético contemporáneo. La verdadera discusión nunca ha sido únicamente técnica. Siempre ha sido geopolítica, económica, institucional, ambiental y civilizatoria.

Y en pocos países esta complejidad resulta tan evidente como en México.

Hoy, cuando Norteamérica atraviesa una nueva etapa de reindustrialización asociada al nearshoring, la inteligencia artificial, los centros de datos, la expansión eléctrica y la competencia geopolítica global, la conversación sobre gas natural y shale gas regresa inevitablemente al centro de la discusión estratégica.

La pregunta ya no es solamente si México posee recursos no convencionales. La Comisión Nacional de Hidrocarburos ha señalado durante años, a través del Dr. Héctor Moreira el enorme potencial prospectivo de la Cuenca de Burgos y otras regiones del noreste del país. Tampoco se trata únicamente de si el gas natural continuará siendo relevante en la transición energética global. Todo indica que seguirá siendo un componente crítico de estabilidad eléctrica, petroquímica, manufactura y resiliencia industrial durante las próximas décadas.

La verdadera pregunta es otra:

¿Está México institucionalmente preparado para desarrollar shale gas sin convertir una oportunidad estratégica en un “Frackingstein”?

I. El contexto mexicano: dependencia energética en un país con enormes recursos

Desde hace años México vive una paradoja energética estructural.

Por un lado, el país cuenta con importantes recursos no convencionales de shale gas y shale oil, particularmente en la región noreste. La propia narrativa técnica y estratégica impulsada desde sectores energéticos regionales ha señalado que México llegó a posicionarse entre los primeros lugares mundiales en recursos prospectivos de shale gas y shale oil.

Por otro lado, México importa más del 70% del gas natural que consume, dependiendo crecientemente de Estados Unidos y, particularmente, del gas producido precisamente mediante fracturación hidráulica en Texas, justo en parte de una cuenca compartida donde se encuentra Burgos del lado mexicano.

La paradoja es profunda: México restringe políticamente el fracking mientras simultáneamente consume masivamente gas proveniente del fracking estadounidense. Política que hoy parece desvanecerse ante los anuncios recientes de la Presidenta Claudia Sheinbaum y su administración que evalúa eliminar la restricción y abrirse a la tecnología de fractura hidráulica (fracking).

Esta dependencia tiene implicaciones mucho mayores de lo que normalmente se reconoce en términos de: seguridad energética, estabilidad eléctrica, competitividad industrial, petroquímica, manufactura avanzada, y viabilidad del nearshoring.

La discusión ya no pertenece exclusivamente al mundo petrolero. Pertenece también al mundo industrial, eléctrico y geopolítico.

Particularmente porque el gas natural se ha convertido en el verdadero combustible de estabilidad del sistema energético moderno, ya que representa: respaldo para las renovables, generación eléctrica flexible, insumo crítico para el sector petroquímico, soporte clave industrial, y segura y próximamente soporte crítico para centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial.

En ese contexto, el noreste mexicano adquiere una relevancia extraordinaria: cercanía logística con Estados Unidos, infraestructura energética, conectividad industrial, cadenas manufactureras, infraestructura hídrica y de tratamiento de aguas residuales; y mayor potencial de integración con Norteamérica.

Pero precisamente ahí emerge el enorme desafío mexicano: el problema no es únicamente geológico. Es institucional.

II. Hace quince años: el fracking como revolución energética y climática

A principios de la década de 2010, el “shale revolution” estadounidense transformó completamente la conversación energética global. En artículos publicados entre 2012 y 2013, autores como Bjørn Lomborg argumentaban que el fracking estaba produciendo algo inesperado: una reducción significativa de emisiones de CO₂ en Estados Unidos mediante el desplazamiento del carbón por gas natural. La tesis era provocadora.

Mientras gran parte del debate climático se concentraba en: impuestos al carbono, subsidios a renovables, y acuerdos internacionales, el shale gas estaba reduciendo emisiones de manera mucho más rápida y pragmática.

En aquel momento, el gas natural era visto por amplios sectores tecnocráticos como: “el combustible puente” hacia una economía baja en carbono.

La percepción histórica del shale en aquella época estaba profundamente asociada a: independencia energética, energía barata, competitividad industrial, reducción de emisiones, y pragmatismo energético.

El debate energético de hace quince años era distinto al actual. Existía un fuerte optimismo tecnológico respecto a la capacidad de la innovación para resolver simultáneamente: crecimiento económico, seguridad energética, y reducción de emisiones.

La revolución shale estadounidense parecía demostrarlo a través de:  energía abundante, manufactura competitiva, petroquímica en expansión, menores precios energéticos, y menores emisiones relativas frente al carbón.

Pero este optimismo contenía una tensión interna que pronto emergería con fuerza.

III. La dimensión psicológica, política y filosófica del debate energético

El economista Jeffrey Frankel introdujo una dimensión mucho más compleja del debate. Su reflexión no se centraba únicamente en tecnología o emisiones, sino en algo más profundo: la contradicción ideológica dentro del propio ambientalismo.

Porque el shale gas estaba efectivamente desplazando carbón y reduciendo emisiones en Estados Unidos. Sin embargo, una gran parte del movimiento ambiental se oponía intensamente al fracking.

Aquí apareció una de las grandes paradojas energéticas contemporáneas:

¿Puede una tecnología ser simultáneamente una solución climática y un problema ambiental?

Frankel además introducía otra idea fundamental: el “principio precautorio”.

Europa y distintos sectores ambientales comenzaron a desarrollar una creciente resistencia hacia tecnologías consideradas riesgosas por:  contaminación hídrica, emisiones de metano, actividad sísmica, riesgos regulatorios, y accidentes industriales.

Sin embargo, Frankel planteaba una pregunta incómoda:

¿Cuáles son los riesgos de no desarrollar shale gas?

Y esa pregunta es particularmente relevante para México hoy. Porque los riesgos del no desarrollo también existen: dependencia energética estructural, vulnerabilidad frente a Estados Unidos, presión sobre el sistema eléctrico, pérdida de competitividad industrial, limitaciones al nearshoring, creciente dependencia petroquímica, y exposición a volatilidad internacional de GNL.

En otras palabras: la discusión energética nunca ocurre entre riesgo y ausencia de riesgo. Ocurre entre distintos tipos de riesgo. Y precisamente ahí México enfrenta una enorme disyuntiva estratégica.

IV. El error de creer que todos pueden replicar a Estados Unidos

Uno de los análisis más integrales y estructurados del debate shale fue desarrollado por Daniel Gros. Su principal argumento era contundente:

La revolución shale estadounidense no era fácilmente replicable.

Y tenía razón. El éxito estadounidense no dependió únicamente de la geología.

Dependió también de: derechos de propiedad, mercados financieros, infraestructura, servicios petroleros, innovación tecnológica, regulación, incentivos fiscales, y aceptación social.

En Estados Unidos, muchos propietarios privados reciben beneficios económicos directos del desarrollo energético. En Europa, y en gran parte del mundo, los recursos pertenecen al Estado, lo cual modifica completamente los incentivos sociales y políticos.

Esto produjo un fenómeno crítico: mientras en Estados Unidos el shale generaba riqueza local, en Europa predominaba el fenómeno “Not In My Backyard” (NIMBY).

Pero Gros también introducía una reflexión extraordinariamente importante: La pregunta no es solamente si desarrollar shale gas, sino cuándo hacerlo.

Porque los recursos permanecen en el subsuelo mientras: la tecnología evoluciona,

los costos cambian, la regulación madura, y las condiciones geopolíticas se transforman.

Y aquí México se parece más a Europa de lo que normalmente se reconoce. Porque el problema mexicano no es únicamente técnico. Es institucional.

V. La revolución shale y la reconfiguración del orden energético mundial

El ex diplomático español Javier Solana llevó el análisis hacia la dimensión geopolítica global. Su tesis me parece histórica: La revolución shale alteró el equilibrio energético mundial.

Estados Unidos: fortaleció su competitividad industrial, redujo vulnerabilidad energética, expandió el mercado de GNL (y ahora lo domina), impulsó petroquímica y refinación, y ganó influencia geopolítica.

Mientras tanto: Europa comenzó a enfrentar desventajas competitivas, Rusia vio amenazada parte de su influencia energética, y Asia continuó atrapada en altos costos energéticos, (pero buscando en la innovación energética los contrapesos que le sostengan la competitividad.)

Con el tiempo, la guerra Rusia-Ucrania terminaría validando muchas de estas preocupaciones. La seguridad energética volvió al centro del sistema internacional. Y aquí emerge probablemente la mayor lección contemporánea:

la energía nunca dejó de ser un instrumento de poder estratégico.

El “shale revolution” no solo fue una revolución tecnológica.

Fue uno de los grandes eventos geoeconómicos de impacto hacia el siglo XXI.

VI. México: ¿Fracking o Frackingstein?

Y aquí llegamos al verdadero corazón del problema mexicano. Porque México podría enfrentar un enorme error estratégico si interpreta el debate únicamente como: prohibición, o liberalización acelerada.

La verdadera pregunta o preguntas son: ¿Quién desarrollaría el shale mexicano?

¿Con qué capacidad técnica? ¿Con qué regulación?

¿Con qué supervisión? ¿Con qué institucionalidad? ¿Con qué planeación regional?

Y aquí aparece una preocupación legítima y profundamente delicada.

México enfrenta hoy un entorno institucional extremadamente complejo: vive un debilitamiento regulatorio, enfrenta fragilidad presupuestal, padece un deterioro operativo, su infraestructura energética está bajo presión, se ve afectado por crecientes accidentes industriales, se encuentra abrumado por problemas ambientales acumulados, está contaminado su sistema logístico por robo de combustibles y desorden logístico, y su empresa petrolera estatal, Petróleos Mexicanos,  con enormes restricciones financieras y operativas.

Pretender desarrollar shale gas bajo condiciones institucionales débiles podría generar riesgos enormes en materia: ambiental, social, financiera y reputacional.

México corre el riesgo de construir no una revolución shale, sino un: “Frackingstein”.

Es decir: una expansión improvisada, sin planeación territorial, sin infraestructura hídrica, sin gobernanza ambiental, sin coordinación regional, sin capacidades regulatorias robustas, y sin una estrategia industrial integral.

Porque el shale no es únicamente perforar pozos. Implica atender diferentes temas tanto en creación de infraestructura como en gestión de: carreteras, agua, logística, ductos, servicios, seguridad, gestión ambiental, atención a comunidades, desarrollo regional, atracción de capital privado, implementación y desarrollo de tecnología, y un nivel de supervisión sofisticada.

Estados Unidos tardó décadas en construir ese ecosistema. México aún no demuestra poseerlo plenamente.

VII. La gran lección estratégica para México

La lección principal quizá no sea: copiar a Estados Unidos, ni imitar a Europa. La verdadera lección es comprender que: la seguridad energética moderna requiere instituciones sólidas. Y precisamente ahí se encuentra el gran desafío mexicano.

Porque el futuro energético de Norteamérica probablemente demandará: más electricidad, más gas natural, más resiliencia, más infraestructura, y mayor integración regional.

Pero el desarrollo energético del siglo XXI no puede sostenerse únicamente sobre: nacionalismo energético, improvisación, o debilidad institucional.

México aún tiene tiempo para decidir estratégicamente: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde?, y bajo qué reglas discutir el shale gas.

Pero si esa conversación ocurre sin: planeación, institucionalidad, regulación moderna, desarrollo regional, y visión de largo plazo, el país podría transformar una oportunidad histórica en una fuente masiva de vulnerabilidad.

La discusión real nunca fue solamente “fracking sí o no”.

La discusión verdadera siempre fue y ha sido:

¿qué tipo de Estado, instituciones y visión estratégica se necesitan para administrar una revolución energética sin destruir competitividad, sostenibilidad y legitimidad social en el proceso?

Y esa discusión, al parecer, ha llegado finalmente a México. Esperemos no precipitarnos y si crear nuestro propio modelo y ecosistema de desarrollo del sector de hidrocarburos basado en el oil & gas shale en el noreste de México.

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